Para esta semana, algo un poco distinto. Un relato que llevaba varios días masticando. Cuando termino de escribir algo, siempre le doy vueltas a qué podría hacer con ello. Y esta vez he decidido no complicarme y compartirlo con vosotras por aquí, al menos la primera parte. Si no me rajo, publicaré la siguiente la semana que viene.
Os presento a Sara. Tiene un examen muy importante que hacer hoy. A ver qué tal le va.
La prueba
“Lo llevas muy bien preparado. No vas a tener ningún problema. Así que, ¡a ganar!”
Fue lo último que le dijo su preparadora en la videoconferencia final. Sara se sentía muy nerviosa, pero en el fondo también sabía que su preparadora del test tenía toda la razón. Probablemente, era la persona que más y mejor se había preparado para el examen de ese día. No conocía al resto de aspirantes, pero ella había sudado como nadie, y se había dejado los codos preparando cada una de las preguntas a las que se iba a enfrentar hoy.
Eso sin contar que su preparadora era, literalmente, la mejor en lo suyo: la había elegido por su número de seguidores (la preparadora más influyente de la nueva realidad) y la decisión de invertir sus últimos ahorros en sus clases no había sido en vano.
Acusaba los meses de caos, escasez y cansancio. Hacía tiempo que las marcas habían dejado de trabajar con Sara, y cuando todo explotó fue muy difícil fiarse de alguien. Aumentaron las estafas en un mundo que se iba quedando más y más vacío. Así que el anuncio del procedimiento fue su salvación. Era su última carta, al igual que la de muchas otras personas, pero eso a Sara le importaba menos porque lo fundamental, para ella, era aprobar el test. Sabía que iba a hacerlo. Se lo sabía absolutamente todo de memoria.
Una plaza era para ella. No tenía ninguna duda.
No había sido extraño despertarse y hacer su rutina de skincare de todas las mañanas. Se había acostumbrado a la falta de productos y, aunque le fastidiaba un poco haber dejado de recibirlos gratis, se había apañado bien con lo disponible. Incluso había hecho acopio de algunos que no iba a poder llevarse cuando aprobara el test y que sabía que no iba a utilizar. Pero bueno, por si acaso. Que el resto de gente se ganara sus víveres también. Era lo lógico.
Sí había sido un poco raro que la escoltaran hasta el examen. Sabía que estaba en las bases, pero no le gustaba sentirse vigilada. En otros tiempos, al salir de casa se habría despedido de su pareja, pero fue algo que no duró cuando pasó todo. No le importaba, la verdad. Sabía que ella era lo suficientemente fuerte, y que se bastaba y se sobraba para salir adelante. Nada podía detenerla ese día.
Hacía tiempo que no salía al exterior, así que evitó mirar por las ventanillas del vehículo que, aún estando tintadas, dejaban adivinar parte del perfil de las calles. Mucha gente había comenzado a hablar de lo distinta que era la sociedad en ese momento, pero Sara no había notado demasiada diferencia. Su propio mundo se había hecho un poco más pequeño, había tenido serias dificultades para ganarse la vida y los contactos con su gente fueron disminuyendo, pero no paseaba mucho por la calle antes y, por supuesto, tampoco iba a empezar a hacerlo ahora.
- ¿Tiene su identificación preparada?
La voz del funcionario la sacó de su bucle mental. Asintió con firmeza y le pasó su carné de identidad. Sara García. Un nombre común para una persona extraordinaria, pensó para sí, pues durante años ese había sido su lema para sus clientes y seguidores. Entregó su documentación con el orgullo de quien se siente tranquila y dispuesta a confrontarlo todo. Se iba a merendar ese examen. Una vez ya en el edificio del test, ni siquiera se sentía nerviosa.
Ese día se examinaban unas 800 personas y, en teoría, en su sala debían hacerlo unas 150. Nadie faltó. Era algo habitual con estos exámenes; nadie se atrevía a desaprovechar esta oportunidad por mucho vértigo que le diera.
Sara no quiso mirar a ningún otro aspirante, no quería que nadie la distrajera. Por lo que le había comentado su preparadora en confianza, era más que probable que coincidiera con otras personalidades de la vieja red como ella, y harían cualquier cosa por intentar desestabilizarla. Se sentó en el lugar que le indicaron y aguardó, concentrada en su propia respiración.
Los funcionarios les entregaron los veinte folios de test y un bolígrafo a cada uno (podían pedir otro de reserva, pero solo uno más, ya que estaba totalmente prohibido que llevaran sus propios materiales). Explicaron las instrucciones del examen, que Sara se conocía al dedillo de las videoconferencias con su preparadora, y se negaron a responder preguntas sobre el procedimiento que excedieran las bases de la propia prueba.
Cuando dieron la señal para poder empezar, Sara dio la vuelta a la primera página y no levantó la cabeza de la mesa hasta que las hubo completado todas.
(Continuará).


