(4) De fin de curso.
O de epifanías que vienen cuando el estrés baja y la vida parece más vida.
Se me pega el cuerpo sudado al sofá y la alarma ya no suena a las 6.40. Supongo que es oficialmente verano.
Quería escribir sobre otro título (De reencuentros y dolores vicarios), pero llevo varios días bloqueada. Con esta pestaña abierta, y otra más. La otra son casi mil palabras que vomité el lunes, y que creo que no publicaré. Hablaba de todos los viajes que he hecho este último mes y medio, escapadas de pocos días con muchos kilómetros de por medio, y de cómo de cada uno de ellos he vuelto con una nueva perspectiva zumbando en mi cabeza. Pero me pareció demasiado personal y descriptivo, quizás más lo segundo porque las que aquí me leéis sabéis de sobra que al desnudo propio no le tengo ningún miedo (ella, siempre exhibicionista).




Quería escribir sobre el tiempo que pasa entre un reencuentro y otro, sobre las amigas a las que hacía años que no veía, sobre Ferrol, sobre juntarnos un grupo de cuatro aunque antes éramos cinco y lo extraño que es cuando la ausencia de alguien que murió sigue planeando por encima de cada juntada, sobre cuidarnos lo mejor que podemos y el impulso dolorosamente imposible de arrancar de los ojos de un amigo todo el dolor que siente. Pero no me convence la manera de sacarlo, y buceando en ese sentimiento me doy cuenta de que por una vez no es autoexigencia sino más bien un vacío extraño que se ha extendido en el espacio de mi estómago.
En uno de esos viajes observé a mis amigas cantando en el coche y a mí, que me costaba sumarme a sus bailes tan libres y candorosos. Era el primer viaje oficial de verano, de dos meses libres por delante. Al fin, pensábamos las cuatro. Al fin dejar de madrugar y de pelear cada mañana con decenas de adolescentes, con el calor, con las estructuras verticales tristemente establecidas en un sistema donde no deberían existir.
Y entonces una certeza se abrió en mis adentros. No la primera, pues desde finales de junio he ido notando cómo por fin mi espacio mental se despejaba poco a poco e iba creándose hueco para todas las gestiones que hasta entonces estaban apelotonadas en la puerta de mi cabezota, esperando poder pasar en algún momento. El fin de semana anterior había dado con el pensamiento de que hacía casi tres años que no veía a la mayoría de mis amigas de ese reencuentro, y que el agotamiento del trabajo y las putadas de la vida había ganado esa partida y no quería que volviera a suceder. Que quería poner más intención y energía en recorrerme el país para poder compartir más tiempo con esas personas que conformaron mi veintena de una manera tan sustancial. Volví algo triste por el paso del tiempo que deja fuera ciertos rostros porque a veces, aunque nos joda, la vida no nos da para más.
Y en ese coche, sintiendo que me costaba bailar y extrapolándolo a que hacía ya unos cuantos meses que no tenía ganas de bailar como antes, se fue resquebrajando una de mis máscaras, otra, una de esas que ni siquiera sabía que estaban ahí hasta que escuché el impacto del primer fragmento chocando contra el suelo. Me di cuenta de que no sabía cuándo había sido la última vez que me había entusiasmado por o con algo. Que no recordaba el último instante en el que algo me había hecho verdadera ilusión.
No se activaron mis alarmas porque no es la primera vez que me he sentido así. Por desgracia, en varios momentos de mi vida he experimentado este entumecimiento emocional, este ir en piloto automático, esta lentitud en grabar en mi disco duro las cosas bonitas que me están sucediendo de manera que algunos detalles se me escapan para siempre. Ya me había ocurrido que me costaba atravesar mi propia vida, aunque siempre en situaciones en las que parte de mi contexto estaba derrumbado.
Ahora me hallo con un contexto sólido, pero con pesadillas cada noche sobre el trabajo. No me he librado ni un día (todavía, espero). Cuando saqué todo esto de mi pecho y se lo conté a David, más tarde también a Juan, les dije que me negaba a que mi vida fuera cíclica: de octubre a junio en pico de estrés y tensión extrema, de junio a septiembre saliendo de esa parálisis emocional poco a poco. No quiero anticiparme tampoco; está bien saber lo que no quiero que ocurra, pero también está bien saber que iré toreándolo conforme venga. Darle nombre, forma, sentido a algunas cosas me ayuda. Solo llamando a esos monstruos, creo, pueden ir apareciendo también las luces.
Así que yo quería escribir sobre otra cosa, y al final os he contando algunos mimbres que creo que tejen este bloqueo. Un bloqueo del que espero salir, porque espero escribir, como quería escribir hoy aunque fuera de algo tan tan tan personal y descriptivo (os lo dije, una no sabe no ser exhibicionista).



El mejor tipo de exhibicionismo 💜