(3) De lecturas, parte I.
Siempre el tema aspiracional de hacer sentir como otras han hecho conmigo.
Camino muy triste y con la cabeza dándome vueltas, intentando buscar un enfoque racional para esa pesadumbre que me acaba de invadir de súbito. Tengo la música puesta pero no la escucho y me cruzo con gente por la calle a la que ahora mismo no reconocería ni aunque fueran mis hermanos. Me llega un mensaje de un buen amigo, y lo leo: un abrazo enorme (porque si has visto la noticia te habrá sentado regular). Me sobrecoge ese gesto de cariño y le doy la razón mentalmente. Es jueves 4 de junio, y se acaba de publicar la noticia de la muerte de Marjane Satrapi.
Mi idea para esta entrada era hablar de lecturas y del valor moral que le damos al acto de leer. Pero la noticia de la muerte de Satrapi me pilla al traspiés (como a todo el mundo), y pienso en cambiar el tema para escribir sobre ella. Días después, con la cabeza un poco más fría, decido que no hace falta cambiarlo, sino quizás simplemente redirigirlo. Hablar de ella también es hablar de leer, y esta reflexión sobre la carga moral que supone en la actualidad la puedo dejar para más adelante (para la siguiente parte; aquí la turra no para). Puedo hablar de las huellas que nos dejan para siempre algunas lecturas, porque es algo que yo aprendí, y viví, con Marjane Satrapi.
Pero, para eso, me tengo que poner un poco (bastante) personal (más aún).
Es difícil recuperarse de una herida de esas que parece que alguien te ha abierto el pecho con un hacha, sobre todo cuando una todavía no tiene herramientas para ello. Cuando tenía 19 años, intentaba lidiar con la culpabilidad de haber provocado una ruptura. En mi interior, sentía que había destrozado a la persona con la que había compartido los últimos tres años y medio. Desde los 15, nada menos. Todavía no sabía interpretar las piedras de las que se había llenado mi mochila y yo solo sentía que había hecho algo terrible, algo inhumano, y que debía pagar por ello. Por eso, supongo, asumí que pasar el verano prácticamente sola y perdida era la penitencia que me merecía.
Muchas hemos vivido como consecuencia de la inexperiencia y del patriarcado abandonar conscientemente nuestro tejido social y volcarnos en nuestra pareja. Yo entonces no tenía apenas vínculos a los que agarrarme, y entre los relatos que se iban contando acerca de por qué yo había hecho lo que había hecho, empezaba a reinar la versión de que yo había sido infiel a mi ex (lanzada por él). Lidiar con esas acusaciones cuando la culpabilidad te asfixia es algo que no le deseo a nadie, pero por desgracia también es algo que ocurre a menudo porque, ya sabéis, tds pts y todo eso. Es en este contexto en el que cayó en mis manos Persépolis. Primero la película; luego el cómic no recuerdo ni cómo.
En un momento de la historia, Marjane está en la cama abrazada a su abuela y la mujer le da un consejo que la protagonista, y la autora, no olvida nunca. Le dice, básicamente, que en la vida se va a cruzar con muchos gilipollas, pero que no responda a su maldad, porque si actúan así es que tienen una existencia bastante triste.
De alguna manera, esa línea de diálogo aflojó mi carga y me hizo poder respirar por primera vez en varios meses. No soy la única, pues sé que es un momento que ha marcado a mucha gente (aquí no hemos venido a ser especiales). Se convirtió en mi consigna, y la llevaba conmigo a todas partes. Como muchas otras, le robé el consejo a la abuela de Marjane (para la que no lo sepa, y perdón por asumir que sí, el cómic es autobiográfico) y gracias a ello pude comenzar a recomponerme. Dejé de darme mal por los relatos que no podía controlar, y por las personas que querían hacerme daño más allá de lo que yo pudiera hacer o decir (a día de hoy, mi ex sigue manteniendo esa versión; le mando un besico desde aquí).
Quizás resulta un poco obsceno traer aquí mis movidas personales para hablaros de Persépolis y de su autora, teniendo en cuenta que Satrapi fue una defensora brutal de los derechos humanos y sobre todo de los derechos de las mujeres iraníes como ella. Pero se ha hablado mucho sobre esto, así como de los motivos de su muerte, y yo quería compartiros esta experiencia que dio pie a que me obsesionara totalmente con ella (bendita adolescencia), quisiera ser una persona íntegra y descubriera que hay historias que alguien ha creado en la intimidad de su escritorio a miles de kilómetros y que pueden marcar nuestras vidas para siempre.
A día de hoy, no conozco nada con más fuerza como esto último, que es, a la vez, lo que a muchas nos sigue impulsando a crear. Porque ojalá hacer sentir de la manera que a nosotras nos han hecho sentir. Ojalá conseguir esa magia tan real y tan sanadora siempre.
Casi una semana después yo sigo pensando en Marjane Satrapi. Me siento una intrusa en la pena por su muerte, mi voz crítica me dice: Pero, prima, si no la conocías. Pero, al final, recordamos los gestos que nos han salvado de alguna manera. Ella lo hizo conmigo, y es algo que seguirá conmigo siempre.



