(1) De inicios.
Comenzar algo siempre es un poco movida.
Llevaba bastante tiempo pensando en este espacio, o al menos en un espacio similar. Son muchas las veces que he sentido que debía volver a la escritura, en una autoexigencia camuflada de motivación, porque realmente la escritura es un lugar del que nunca he podido irme (ni creo que pueda).
Una vez, en una entrevista durante un periodo que ahora me suena a ciencia ficción porque había publicado mi primera novela y me hacían entrevistas para el periódico (flipas), dije que escribía desde pequeña y que había tenido momentos de querer rechazarlo. El periodista se sobresaltó y me interpeló sobre esto último. No recuerdo muy bien qué respondí, pero fue algo relacionado con que darme cuenta de que no solo era un hobby conllevaba momentos duros de buena pedrada mental (lo de la pedrada mental no lo dije, claro).
Resulta algo sobrecogedor que después de todos los años y todas las vueltas y todas las hostias que la vida te va dando porque nadie se salva de este sistema hostil (algunas sí, ya sabéis, pero ninguna de esas personas estará leyéndome ahora mismo), escribir siga siendo lo que me alinea con absolutamente todo. Lo que me calma y me hace sentir que estoy, como dice un buen amigo mío, donde tengo que estar. Solía decir que acaba siendo el faro que me guía, pero estoy en un momento en el que prefiero no hablar de direcciones y objetivos, aunque me gusta la metáfora del faro. Por la luz, constante, a no ser que ocurra algo inusitado, y parpadeante, rodeándolo todo con una cadencia matemática, deslumbrando hasta la mas dolorosa oscuridad.
Para la que no lo sepa, ababol es una palabra que usamos en Aragón para nombrar dos cosas: a las amapolas y a las personas que son un poco tonticas, como diríamos aquí. Es este último significado, mucho más local y tierno, el que siempre me ha hecho mucha gracia. Se suele decir con algo de cariño, quizás de manera similar a como le decimos a alguien que está empanao, y si buscáis en internet encontraréis que puede tener como sinónimos atolondrada, distraída, simple. Últimamente mi relación con la escritura me hace sentir un poco así, un poco ababola, ababolada vamos a decir, pero que sepáis que me lo digo con amor (y con toneladas de paciencia).
Un poco de monstruos y luces. Porque monstruos hay de todas las formas que me acosan a diario y los guardo detrás de la frente, bien apretados en el espacio del cráneo, algunos que vuelven del pasado y otros que se acomodan en mi presente, orquestando parte de mis discursos internos. Pero también hay luces, siempre las hay y menos mal porque si no ya nos habríamos pegado muchas un autopuñetazo o lo habríamos pegado a quien de verdad se lo queremos dar y habríamos acabado en el calabozo, y supongo que de todo eso me gustaría escribir. O seguir haciéndolo, porque al final (y la cultura popular es buen reflejo de ello, aquí no hemos venido a ser originales), la mayor parte de las cosas que nos rodean se resumen en esa trifulca constante entre los monstruos que vienen a jodernos y las luces que albergamos, dentro y fuera, y que nos acaban salvando siempre.
Terminé hace poco de leer Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, de Mónica Ojeda (uno de esos libros que me hacen sentir envidia sana y suerte de que una cabecita galáctica lo creara para que pudiéramos leerlo las demás), y la novela termina con esta frase: Un refugio breve donde la música baila.
Supongo que al final siempre se trata de eso.



Gracias por regalarnos este espacio de ababolamiento💚
Me alegra volver a leerte :)